Apenas un mes antes que terminase el año, me levanté con una sensación curiosa. Durante algunos minutos me revolví en las sábanas de seda. Tras desayunar huevos con tocino y hot cakes, apuré una copa de vino y salí al trabajo. Tras estacionar mi vehículo en el 2º sótano de las oficinas corporativas de Capital Comic, intentaba hallar que era lo que me molestaba mientras subía los 45 pisos hasta mi oficina en el elevador con vista al exterior.

Al llegar al piso de redacción, me acomodé las mancuernillas y me dispuse a enfrentar el ajetreo diario: gente corriendo por todos lados, el aroma a café colombiano inundando todo el piso, el golpeteo de las máquinas de escribir, los mensajeros de las distintas editoriales haciendo entregas… pasé lo más rápido que pude, saludando a mis compañeros, y me encerré en la oficina; sobre el amplio escritorio de caoba, yacía una pila de cómics esperando a ser leídos y reseñados. Tomé un ejemplar de Spiderman y lo hojeé, con algo de desinterés, luego uno de Ironman, luego un tpb de Action Comics…y los leí.

Tras varias horas de lectura concienzuda, y tras esbozar los bosquejos de mis reseñas, me permití encender un puro cubano mientras miraba hacia el ventanal. La hermosa vista hacia el mar llenaba mis ojos, pero la incomodidad permanecía… salí al balcón, respiré la brisa, y mientras mi cabeza se despejaba de la palabrería de las reseñas, comenzaba a sentirlo: era hora de volver a salir, la lujosa oficina que me fue proporcionada comenzaba a provocarme claustrofobia.

Me ajusté bien los tirantes, prescindí de las mancuernillas, arremangué mi camisa y caminé con decisión hacia la oficina de mi jefe: Mario. Mario es un tipo apuesto, de 40 y pocos, que levantó el emporio de Capital Comic con el sueño de llevar a los fans de los cómics un sitio más allá del chisme, más allá del chiste: un sitio serio pero flexible. Mario comenzó a reclutar entusiastas como él, con el ánimo de llevar buenas reseñas e información veraz, pero sin doblegarse ante la tiranía de las mafiosas editoriales del país….por ello montó el corporativo fuera de México e hizo alianza directamente con las matrices en su país de origen.
Cuando la secretaria de Mario me vió caminar por el pasillo hacia la oficina del gran jefe, se levantó y ajustó nerviosamente sus lentes; antes que pudiera decirme la cantaleta acostumbrada que a Mario no le gusta ser molestado, puse mi dedo índice en su boca y le sonreí. Tomé un respiro, dí una patada a la puerta para entrar y caminé hacia el escritorio de mi jefe, quien impasible miraba su computador mientras llamaba a no sé qué ejecutivo del cine. Lo miré directamente a los verdes ojos, apagué mi puro en la superficie de su cenicero, y le espeté: “tenemos que hablar”. Le dijo a su interlocutor al teléfono que hablaban luego, y me miró fijamente. Hay que decirlo: el tipo es duro; constantemente de su oficina entran y salen los colaboradores temblando. Se pueden oír los gritos cuando una nota está mal redactada, cuando no se han publicado los textos, o cuando los colaboradores han estado flojeando. El jefe es accesible, pero cuando se trata de dar la información, no se cansa de repetir los lineamientos de publicación, repitiéndolos a gritos desde su oficina, asegurándose de que todos pudiéramos oírlos.


Intentando que mi voz no se quebrara, le dije a Mario que las reseñas nacionales, aunque vitales, no me eran suficiente. Tenía un proyecto en mente: entrevistar a los involucrados directamente en el ámbito editorial mexicano… aquellos que constantemente hemos criticado, pero que pensamos que su trabajo podríamos hacerlo mejor nosotros mismos; desde los traductores hasta los que toman las decisiones, de los directores a los distribuidores: aquellos que se encargan de llevar los dulces, dulces cómics a nuestras manos. “Pues adelante”, me dijo, “pero sin descuidar las reseñas”. Jefe… necesito dinero. viáticos, le dije mientras frotaba mi pulgar contra mi índice a la altura de mi rostro. La ceja de Mario se levantó. “Necesito ir hasta donde están, llevar a los lectores todo lo que implica, necesito darle al lector la esencia detrás de lo que les parece tan simple, quiero que reflexionen y al mismo tiempo quizá cambiar su perspectiva”.
Salí con las piernas temblorosas, pero emocionado, con electricidad recorriendo mi cuerpo. Y por eso, te voy a acercar un poco, querido lector, a conocer un poco de las personas que están tras de los cómics que lees, las personas encargadas del trabajo de tus sueños.